miércoles, 23 de septiembre de 2009

ESPERANDO LA CARROZA


Hace algunos años, cuando aún era un niño, y solía jugar con los amigos del barrio tenía una costumbre que compartíamos con todos los compinches de travesuras: sentarnos en un muro que se ubicaba a media cuadra del lugar donde vivíamos. El dichoso murito era sumamente cómodo, privado, tenía un calor especial. Cuando se estaba sentado sobre él, uno tenía la sensación de mirar el mundo, de tener el mundo en la palma de la mano. Esto no es poca cosa, si consideramos que solo éramos unos niños y no estabámos más que en el medio de la calle.

Muchos años después, y gracias a una obra de teatro comprendí por qué nos sentíamos así, por qué nos creíamos superiores cuando estábamos sobre es muro, por qué nos daba la sensación de poder hacerlo todo, de ser dueño de todo. Ocurre que justo enfrente del muro se encontraba una ventana muy grande, por la que cualquiera de nosotros hubiéramos entrado con el tamaño que teníamos. Dicha ventana daba al comedor de una casa. Dicho de otro modo, cada vez que nos sentábamos a conversar sobre el muro, asistíamos también al momento más íntimo de esta familia, a la cena de las 8, a la discusión más agitada, a las conversaciones más secretas; razón por la cual la dueña de casa hacía uso de todos sus recursos para, como ella misma decía, largarnos de ahí.
La obra de la cual hablo es, como se habrán enterado por el título, Esperando la Carroza. Y digo que pude comprender esta parte de mi vida justamente porque Esperando... empieza con una escena crucial: solo vemos dos ventanas cerradas, que al abrirse, nos hacen testigos del dolor de una familia. Este abrir de ventanas es casi una invitación a fisgonear en sus vidas, en un día cualquiera de sus vidas, una entrada a auscultar el agujero más recóndito de sus existencias. Eso es lo que hacíamos, sin darnos cuenta, cuando éramos chicos: ver el mundo a través de esa ventana.

La obra, a partir de este detalle, es el relato conmovedor de un domingo cualquiera en la vida de una familia de clase media, que se ve, de pronto, sorprendida por la repentina pérdida de la madre de todos, una casi senil octogenaria, interpretada por la magnífica Delfina Paredes, de la cual nadie se quiere hacer cargo por las terribles esfuerzos que ello demanda.

Jacobo Langsner retrata fielmente la ideosincrasia de esta familia y de todas las de su clase, las de nuestra clase. Muestra nuestra forma de vida, nuestra maneras de comportarnos, y a partir de una anécdota, nos hace ver con gra maestría cómo los seres humanos somos: oscilantes entre la sinceridad y la hipocresía; entre el amor y el desinterés; entre la desidia y el compromiso.

Langsner abre una ventana no solo en el escenario, sino que con gran compasión nos permite también abrir nuestras propias ventanas para mirar y descubrir con asombro que podemos ser aquello que miramos con asombro.